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Por qué adoramos a los antihéroes

Nos encontramos, hace ya unas décadas, en la era de los antihéroes. La televisión ha sido tomada por ellos. Algunos dicen que es ya un modelo desgastado, en declive, pero en realidad está lejos de serlo. Este modelo se ha venido utilizando desde hace tiempo, pero todavía sigue funcionando, y este efecto se traduce en un enamoramiento eterno. El antihéroe tiende a conquistarnos de manera abrupta… pero ¿por qué?

La respuesta se encuentra en que nos solidarizamos con este tipo de héroes porque los personajes que interpretan son marginales, y en algún momento de nuestras vidas todos nos hemos sentido marginados. Lo cuál tiene sentido, pues una vez que esos arquetipos reflejan los patrones de personalidad que todos compartimos, es natural que su traducción en la ficción también guarde similitudes. Conseguimos identificarnos mejor con personajes imperfectos, como nosotros, que con los que rozan la perfección.

Sucede que en ocasiones esos antihéroes tienen posturas más que cuestionables y no son sólo leves defectos. ¿Cómo nos identificamos en esos casos? Podría ser que de la misma manera. Revisemos a tres de los grandes antihéroes que protagonizaron famosas series de las últimas décadas.

James Gandolfini como Tony Soprano

Tony Soprano (Los Soprano) posiblemente fué el que dió comienzo a la era de los antihéroes en la televisión. Él era el jefe de la mayor organización criminal de Nueva Jersey. Un mafioso. Un asesino. Tony no sólo mata a sus enemigos, e incluso hay momentos en que mata a personas cercanas a él, ya que “es necesario”.

Dexter

Vamos a ignorar el ridículo que hicieron con el final de Dexter y enfocarnos en lo que nos interesa: la premisa. Dexter es un asesino en serie que trabaja para la policía de Miami. Para satisfacer a su “oscuro pasajero” él necesita matar. Dexter mata, después corta a sus víctimas en pedazos y las tira al mar, guardando como recuerdo una gota de sangre de ellas en un portaobjetos de vidrio.

Walter White en Breaking Bad

Pero el antihéroe más querido de la última década es, sin duda, Walter White (Breaking Bad). Traficante, sin escrúpulos y asesino, su personaje se convierte en peor persona con el paso del tiempo.

Hemos conocido a otros protagonistas de dudosa moral, como Don Draper (Mad Men), Frank Underwood (House of Cards), Jax Teller (Hijos de la Anarquía), Vic Mackey (The Shield) o Jackie Peyton (Nurse Jackie), entre muchos otros. Pero vamos a centrarnos en los tres anteriores.

¿Qué es lo que provoca que nos identifiquemos con esos personajes? Ya entendemos cuales son sus defectos, ¿cierto? Ellos se hacen más reales, acercando sus personalidades a las nuestras. Pero los tres personajes mencionados sobrepasan cualquier límite. Ellos son criminales y no cualquier tipo de criminales: son asesinos, fríos y crueles. Lo que estos personajes tienen en común -y nos obliga a perdonarlos- es un resquicio de humanidad, son personas complejas pero que finalmente tienen buenas intenciones (por increíble que parezca).

Tony Soprano, a pesar de ser un jefe de la mafia, lucha contra sus demonios como cualquier mortal. Sufre ataques de ansiedad y hace análisis de lo que ha hecho. Tony se preocupa profundamente por su familia (la de sangre y la del crimen) y es capaz de todo por ellas. Y es ese el punto de redención: hace cualquier cosa por ellas. Sus acciones se justifican porque pone siempre por delante a sus familias. A pesar de saber que no es cierto y que actúa de acuerdo a sus propios intereses, compramos que Tony acredita realmente eso y, como consecuencia, seguimos engañándonos a nosotros mismos. Eso es suficiente, sus crímenes son justificados: el fin justifica los medios.

El caso de Dexter es todavía más fácil. ¿Es un asesino en serie? Si, pero tiene conciencia! Percibiendo su psicopatía, Harry, su padre adoptivo, hizo que adoptase un código de conducta: sólo mataría asesinos (cerciorándose antes de su culpabilidad). Por otra parte, Dexter es húerfano. Y, para explicarnos el por qué de su carácter, nos presentan el primer encuentro entre él y Harry: un Dexter siendo muy pequeño, asustado dentro de un container, empapado con la sangre de su madre, asesinada brutalmente. Es imposible no conmoverse con su historia.

Y llegamos entonces al más emblemático de los antihéroes. Antes de ser el peligro, Heisenberg era solo Walter White. Un frustado profesor de química, mal pagado y que descubre que padece un cáncer. Tras descubrir que sus días están contados y en busca de dar un mejor futuro para su familia, Walter empieza a producir y a traficar con metanfetamina. Ya está justificado, ¿verdad? Ahí es donde está la gracia del caso, y por eso es un personaje emblemático. Como sus acciones se justifican de inmediato y tenemos algún tiempo para cogerle cariño al personaje, cuando comienza a realizar actos atroces, es difícil encontrar cualquier rastro de humanidad en Heisenberg, pero entonces él hace un acto de humanidad con Pinkman y todo está perdonado.

En algunos casos, creemos y esperamos por la redención del personaje. En otros, como el caso de Breaking Bad, sabemos que no hay salvación, pero esperamos que el antihéroe tenga un final justo (muchos puntos ganó Breaking Bad por corresponder a la expectativa). Pero, en cualquier caso, conseguimos identificarnos con esos personajes imperfectos, porque podrían ser un reflejo de nosotros. Incluso en los tres casos mencionados, que son extremos. Ellos sirven como una catarsis, siendo purificados por sus acciones.

Todo el mundo tiene un antihéroe en su interior, y los de las ficciones nos sirven para satisfacer nuestros retorcidos deseos.

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